CUADERNO DE BITAGORAS

domingo, 8 de septiembre de 2019


AURORA Y ROCIO


Invierno de 1928

En la quietud de la noche, escuchó como nunca el llanto de madre, Aurora estaba sumida en una especie de duermevela y le pareció extraño que alguien tan fuerte y dura fuera capaz de llorar. Por el mañana temprano, padre vino a su habitación a verla ya que por ser la mayor solía compartir casi todo lo que acontecía en la familia.

-         - Rocio se nos muere – lo dijo en un sollozo- nuestra pequeña rubia se nos muere….

Aurora sabia del dolor de esa sentencia, no podía recordar el momento en el que su madre, la de verdad, se había ido para siempre, era tan pequeña que no podía recordar su cara, ni una sola fotografía dejó. De ahí venían ahora las prisas de padre.
-          Levántate que nos vamos anca el fotógrafo a Manzanares, sino pasará como con tu madre que nos olvidaremos de ella….

Llevaban más de una semana lidiando con la tosferina, aquella maldita tos que se les había metido a todos en el cerebro, aquellos momentos en los que la  pequeña parecía a punto de ahogarse y después se rehacía toda en lágrimas. Ni un instante de tranquilidad, ¿Cómo podía un cuerpo tan pequeño aguantar tanto? Pero aquella noche don Pedro el medico del pueblo había dado su diagnóstico.

-         - No hay nada que hacer, si no es esta noche será mañana, pero esta niña se muere.

De Membrilla a Manzanares hay cuatro kilómetros, Aurora con sus ocho años conoce cada recodo, cada piedra, cada casa perdida en medio de un camino incluso en los días de niebla.

Se viste eligiendo la falda lisa de cuadros y el jersey rosa regalo de su abuela, enfunda sus delgadas piernas en unas medias de lana que le bailan, deja a un lado las alpargatas y se coloca los zapatos de invierno, como último toque el abrigo de paño marrón. Antes de salir se coloca un pequeño prendedor en el pelo. No quiere más riñas de madre por llevar el pelo tapándole los ojos.

Padre aparece con la pequeña llorosa en los brazos, justo hace dos días que acaba de cumplir los dos años. Madre no puede venir no tiene con quien dejar a los dos medianos ni a la más pequeña a quien tiene que amamantar.

Una vez en el carro, Aurora aprieta a Rocio contra su pecho, la fiebre que la envuelve parece no dar honor a su nombre, rocio como la escarcha que cubre los campos de la estepa. Pero la pequeña esta cálida apretando su cuerpo al de su hermana y apretujadas ambas al calor de la manta de algodón que las cubre.

Anca el fotógrafo el rostro de Rocio cambia, es más fuerte la curiosidad ante tan extraño artilugio capaz de recoger y reproducir las imágenes. La pequeña es tan chiquita que intentan ponerla de pie en una silla, pero la debilidad de las últimas fiebres impide que pueda aguantarse sola, Aurora sale en su auxilio.

-         - Ya la aguanto yo por detrás….

-        -  No es necesario – dice padre – déjala que se apoye en ti así en la foto de recuerdo también estarás tú.

Rocio no duda un instante en apoyarse en el hombro de su hermana, con su rostro tímido mira al fotógrafo, Aurora apenas esboza una sonrisa en el instante en que la ráfaga de luz llena la estancia.

Durante el camino de regreso se mantienen las dos escondidas bajo la manta, se inicia un viaje de juegos en el que la muerte parece quedar atrás. Cuando llegan a casa ha remitido la fiebre, una semana después, cuando padre va a recoger la fotografía anca el fotógrafo Rocío corre ya por el patio persiguiendo a su hermana mayor. En contra del pronóstico del médico la tosferina ha remitido sin dejar secuelas.

Nunca en la casa se supo que nexo de unión se creó entre las dos niñas las cuales con seis años de diferencia en edad se volvieron inseparables, una amistad que las uniría de por vida.

Aurora vivió hasta los noventa y dos años, Rocio hasta los ochenta y siete.


1 comentario:

  1. Magistral , que historia tan linda y tierna , tal vez el aire de salir de la casa le produje esa mejoría que la llevo a vivir una larga vida ..El lenguaje que utilizas en el texto me encanta huele a pueblo y sobre todo a humildad.

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