miércoles, 7 de agosto de 2019

ESCRITO EL 22 DE MARZO DE 2018 EN MOLI DEL CANYER

JULITA

Julita llegó de un país remoto para mí: Venezuela. Portadora de unos ojos azules donde parecía reflejarse todo aquel mar que había atravesado para llegar hasta mí y de unos rizos rebeldes y una nariz respingona.

Cuando le preguntaba por su largo viaje siempre acababa haciendo pucheros, yo presurosa la mecía aunque mi instinto maternal duraba poco y muchas veces prefería mis correrías en bicicleta por el pueblo.

Me imaginaba a Julita recorriendo el enorme crucero que la trajo a España, los vaivenes del océano y ella arrinconadita y en silencio en el camarote de mi tía. Y aún ahora puedo escuchar a mi tía tranquilizándola, secándole las lágrimas y haciéndole cosquillas hasta conseguir hacerla reír. Y huelo el mar en los rizos de Julita, y le pregunto por mis primos quienes corrían mil y una aventuras en Caracas, mientras yo paseaba por Membrilla con Julita en mis brazos mientras mis amigas me miraban con envidia.


Después de ella hubo algunas más, no tantas como las que suelen tener las niñas de ahora. Pero en las otras no podía oler el mar, ni me explicaban cosas de un país lejano. Yo solo tenía cuatro años cuando mi tía me trajo desde Venezuela a Julita, mi primera muñeca.

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